EL MOVIMIENTO MEXICANISTA

El movimiento mexicanista; Imaginario prehispánico, nativismo y neotradicionalismo en el México contemporáneo

Dr. Francisco de la Peña. ENAH-México

El presente de la antropología y la antropología del presente.

El despliegue de nuevos fenómenos identitarios basados en la invención de la tradición y las derivas imaginarias que ello supone no es ajeno a los efectos que sobre las sociedades tiene lo que algunos autores han llamado la sobre-modernidad (Augé, 1992) y otros la híper-modernidad (Balandier, 1994).

Sin duda las figuras de la alteridad han cambiado en el contexto de una globalización cultural y económica sin precedentes, propia de un mundo cada vez más complejo y unificado pero al mismo tiempo productor de nuevas diferencias.

Un mundo en el que el exotismo modifica radicalmente su estatuto con la desaparición de la demarcación entre lo próximo y lo lejano, y en el que la alteridad no puede ser pensada más que en el marco de la contemporaneidad, como un efecto combinado de la uniformación cultural y de la resistencia a la misma.

Varios rasgos caracterizan la dinámica que la sobremodernidad impone a las sociedades: la aceleración del tiempo, el imperio de las imágenes mediáticas, la disolución de las distancias espaciales y la individualización de las cosmologías. El desarrollo sin precedentes de los medios de comunicación y de los medios de transporte generan por doquier un mismo efecto de exceso: un exceso de acontecimientos, un exceso de imágenes, un exceso de referentes espaciales y un exceso de referentes individuales.

La sobreabundancia de eventos acarrea una dificultad para pensar la historia, la cual pierde sentido y direccionalidad. Los medios de comunicación desplazan a las mediaciones sociales (partidos, familia, sindicatos, iglesias) y las relaciones de los hombres con la realidad son cada vez mas ficcionales e individualizadas y menos institucionalizadas. Por todos lados, cambios globales y acelerados provocan como reacción la afirmación, la revitalización o la invención de tradiciones y localismos que favorecen la configuración de toda suerte de identidades inéditas e inesperadas.

El movimiento mexicanista es un excelente ejemplo de las nuevas expresiones de la identidad cultural que acompañan al llamado proceso de globalización a escala planetaria, y una de las manifestaciones más singulares de las mutaciones culturales que vive la sociedad mexicana actual. Se trata de un movimiento identitario con acentuados rasgos de un nativismo neo-tradicionalista, caracterizado por una afirmación de lo autóctono, por la reinvención de las tradiciones prehispánicas y por la reinterpretación del pasado. Con un cierto componente milenarista y profético, el mexicanismo aspira a la restauración de la civilización precolombina y a la reindianización de la cultura nacional. Su universo ideológico se inspira en una reinterpretación idealizada del pasado prehispánico y en la exaltación de una imagen arquetípica de lo indio.

Con todo, no se trata de un movimiento étnico o indígena sino de un fenómeno cultural de origen mestizo y con una fuerte raigambre urbana.

Cultural para algunos, político o religioso para otros, este movimiento puede verse como una suerte de indianismo o neo-indianismo, cuyo creciente impacto en la sociedad mexicana lo ha convertido en una suigeneris forma de identidad colectiva.

Una forma identitaria que está en plena expansión y en un proceso de constante reconfiguración, el mexicanismo condensa en su singularidad las contradicciones simbólicas provocadas por la recomposición de la dialéctica entre la identidad, la alteridad y el pluralismo en este país. En nuestra opinión, el caso del mexicanismo y otros fenómenos comparables como el culto de María Lyonza en Venezuela, los movimientos de revitalización de la africanidad en el Brasil, el nativismo hawaiano, las derivas identitarias de inspiración céltica en Europa o los movimientos proféticos en el África actual, se pueden inscribir en el marco de lo que Augé ha llamado una antropología de los mundos contemporáneos. Una antropología del presente que deriva de los efectos de la sobremodernidad en el mundo, un término que designa el exceso y la radicalización de los procesos de globalización capitalista.

La búsqueda de la mexicanidad o el laberinto de la identidad.

Actualmente, el movimiento mexicanista comprende alrededor de 50 agrupaciones que se caracterizan por su heterogeneidad, tanto desde el punto de vista ideológico como por el tipo de actividades que desarrollan. Muchas de estas agrupaciones están organizadas como centros de difusión cultural que promueven las doctrinas del mexicanismo, y que imparten cursos y actividades de todo tipo: lengua Nahuatl, filosofía, astronomía y matemáticas prehispánicas, interpretación de códices, producción artesanal, creación artística (teatro, pintura o poesía de inspiración mexicanista), seminarios de « mentalidad » mexica (o maya), danza ritual, medicina tradicional, rescate de tradiciones orales, etc.

Al seno del movimiento coexisten las concepciones más diferentes sobre el significado de la cultura precortesiana, desde las interpretaciones mágico-esotéricas o en clave extraterrestre hasta las apologías apasionadas sobre el potencial civilizatorio y la superioridad de la cultura india, desde las doctrinas integristas que proponen erradicar todo lo “occidental” (el racionalismo, el individualismo, la democracia liberal y hasta el comunismo marxista) hasta las visiones inspiradas en el New Age, que pretenden la integración de todas las tradiciones sagradas a nivel planetario.

La mayor parte de los grupos mexicanistas se localizan en el centro del país, particularmente en la ciudad de México y sus alrededores, y en regiones donde sobreviven aún tradiciones de origen Nahuatl (los Estados de México, Morelos, Puebla, Guerrero, Tlaxcala o Hidalgo). Sin embargo, grupos de inspiración mexicanista se encuentran por todo el país, y es conocida la influencia de éste movimiento entre la población chicana de los Estados Unidos.

Diversos periódicos y revistas de orientación mexicanista circulan en librerías, puestos de periódico y directamente en la calle. Entre las publicaciones conocidas se encuentran la revista Ce-Acatl, sin duda la más difundida, las revistas KinTonatiuh e Imágenes Cósmicas y el periódico Izcalotl (Resurgir).

El tipo de personas que participan en las actividades del mexicanismo es muy heterogéneo, aunque en general de origen urbano y mestizo, con un cierto nivel de estudios. Su denominador común es el deseo de asumir y vivir conscientemente una identidad india. Forman parte de estos grupos lo mismo maestros de escuela, ex-militantes de izquierda, hippies y artesanos urbanos, naturistas y ecologistas que profesionistas, burócratas, artistas varios (danzantes, actores, músicos), burgueses y gente del pueblo, escritores, estudiantes universitarios (entre ellos algunos antropólogos) y no pocos extranjeros con inclinaciones místicas.

Casi todos estos grupos actúan bajo la dirección de personas consideradas como guías espirituales, con una autoridad más o menos carismática derivada de su conocimiento o de su iniciación en el pensamiento y las prácticas del mundo prehispánico. Aunque desde hace mucho tiempo circula de manera marginal toda una literatura con temas mexicanistas, en los últimos años algunos de estos líderes han publicado diversos libros que dan a conocer al gran público las doctrinas mexicanistas con un nada desdeñable éxito comercial. Los miembros de estas agrupaciones participan en un cierto número de actividades públicas fuertemente ritualizadas que forman parte de un calendario que conmemora lo mismo fechas históricas que ceremonias religiosas o fenómenos de la naturaleza.

Entre los acontecimientos históricos podemos mencionar el descubrimiento de América, el nacimiento y la muerte de Cuauhtémoc, el último gobernante azteca, la victoria militar de Cuitlahuac sobre los españoles, la caída y destrucción de México-Tenochtitlán, el nacimiento de Ce-Acatl Topiltzin Quetzalcoatl en el pueblo de Amatlán, Morelos, la celebración del primer
congreso constituyente del México independiente en Chilpancingo, Guerrero, e incluso la masacre de estudiantes en Tlaltelolco en 1968. Entre las fiestas religiosas, se encuentran tanto las cristianas como las de origen precortesiano: desde la fiesta de la Virgen de Guadalupe en el cerro de Tepeyac o la peregrinación al santuario del señor de Chalma (símbolos mayores del catolicismo sincrético) hasta el comienzo del año según la cuenta del tiempo azteca, el nacimiento de Huitchilopochtli o la ceremonia del fuego nuevo, que entre los aztecas representaba el fin y el inicio de un ciclo cósmico de 52 años. Fenómenos de la naturaleza como los equinoccios, los solsticios o los eclipses son también objeto de celebraciones rituales. La mayor parte de estos actos se realizan alrededor de los templos y pirámides prehispánicas en sitios arqueológicos diversos (Teotihuacán, Chichen Itzá, Cuicuilco, Templo Mayor, Xochicalco, Malinalco, Tlaltelolco, etc.)

Los orígenes míticos: los guardianes de la tradición.

En el imaginario de una gran parte de las organizaciones mexicanistas, se reconoce en la tradición de los grupos llamados “concheros” el origen más o menos lejano del nativismo mexicanista. Los concheros (término que alude a la caparazón de armadillo que forma parte de un instrumento de cuerdas similar a la mandolina llamado “concha”) son agrupaciones tradicionales que practican espectaculares danzas de inspiración prehispánica que forman parte de un complejo ritualístico muy popular en México.

Se sabe de su existencia al menos desde el siglo XVIII, aunque sus antecedentes son más antiguos y se remontan a la época de la conquista española. Se piensa que la “conchería” es uno de los productos más representativos de la conversión religiosa de los indios del centro de México al cristianismo. Practicantes de un cristianismo fuertemente sincrético, los concheros combinan en sus cultos vestimentas, instrumentos y objetos ceremoniales prehispánicos con un catolicismo popular no del todo apegado a los dogmas de la Iglesia oficial (Stone, 1975).

Existen agrupación de danza conchera en casi todo el país y también en el extranjero, en Estados Unidos y recientemente en España, pero su presencia es más fuerte en la región central de México. La expresión “El es Dios” es el saludo que se dirigen los concheros en el transcurso de sus rituales, y reenvía al mito de origen de la tradición, que describe el momento en el que los indígenas chichimecas, rebeldes a la evangelización, se convierten al cristianismo en el transcurso de una batalla, después de ver aparecer en el cielo la imagen del apóstol Santiago acompañado de una gran cruz. Se sabe que la tradición conchera nace en la región que comprende los estados de Querétaro y Guanajuato, zona que en la antigüedad habitaban pueblos Otomíes y Chichimecas. Desde ahí llega al centro de país y echa raíces en la ciudad de México y sus alrededores. Ello explica que la danza conchera sea conocida indistintamente como danza chichimeca, danza azteca, o danza azteca-chichimeca.

Los concheros están organizados en cofradías o “mesas”, las cuales están organizadas según una estructura militar jerarquizada (generales, capitanes, soldados, etc.) en la que cada uno de sus rangos comprende determinados deberes rituales.

Aunque a últimas fechas ha aumentado la presencia de personas de estratos medios y altos en las agrupaciones concheras, durante mucho tiempo sus integrantes han sido los campesinos desclasados que emigran a la ciudad y los trabajadores urbanos pertenecientes a las clases más pobres. De hecho, los grupos concheros han funcionado como una suerte de sociedad mutualista
que ofrece a sus miembros los medios para integrarse al mundo urbano, evitando los efectos más graves de la marginalidad. A través del activismo ritual, las organizaciones concheras han sabido reclutar a sus miembros y arraigar en al país gracias a una estrategia eficaz de religiosidad militarizada. Los grupos concheros son conocidos sobre todo por sus brillantes danzas de inspiración azteca, muy atractivas para el público en general, incluidos los turistas extranjeros.

Sin embargo, lo que hace significativas a estas danzas es el complejo ritualístico que las organiza. En él se combinan objetos de culto prehispánicos (la hierba aromática de copal o copalli, los instrumentos de percusión huehuetl y teponaztli y el caracol marino) con la oración y la invocación a través de cantos y alabanzas, lo mismo a los santos cristianos que a las divinidades prehispánicas. Los rituales nocturnos de « velación » y la danza acompañan el peregrinaje a los antiguos santuarios paganos hoy convertidos en católicos.

La receptividad del culto de los concheros al simbolismo azteca y su fidelidad a la memoria de la conquista ha favorecido la idea de que ellos representan un bastión de las tradiciones prehispánicas. Imaginados como los guardianes de dichas tradiciones, los mexicanistas consideran a los concheros como la fuente de inspiración de las doctrinas mexicanistas y como la cuna de las organizaciones asociadas a este movimiento.

La conformación del movimiento mexicanista.

Se pueden distinguir dos tendencias ideológicas al interior del movimiento mexicanista: el mexicanismo radical y el nuevo mexicanismo. El primero podría definirse como un mexicanismo integrista, xenófobo y anti-occidental, un buen ejemplo de nacionalismo indianista radical. El nuevo mexicanismo podría ser calificado de ecléctico y más espiritualista que político, caracterizada por un discurso abierto a la síntesis con otras tradiciones culturales. La doctrina mexicanista se integra aquí al interior de un proyecto planetario y cosmopolita que se confunde con el discurso New Age.

El Movimiento Confederado Restaurador de la Cultura del Anáhuac (MCRCA) es sin duda el grupo más importante en lo que concierne al período de constitución del movimiento mexicanista. El es también el más representativo del mexicanismo integrista. Conocemos la trayectoria de su fundador y guía ideológico, Rodolfo Nieva, nacido en 1905, gracias a algunos trabajos (Odena Güemes, 1984). Nieva era un abogado y periodista cercano al medio intelectual de la época postrevolucionaria. Partidario durante algunos años del nacionalismo mestizofilo preconizado por José Vasconcelos, Nieva evoluciona progresivamente hacia un nacionalismo indianista radical. Toda su vida Nieva estuvo ligado al ambiente político del todopoderoso Partido de la Revolución Mexicana (que se convertiría mas tarde en el PRI, Partido de la revolución Institucional).

Al comienzo de los años cincuenta, Nieva dice haber recibido una revelación al contacto con diferentes grupos que intentan hacer revivir el pasado prehispánico. Ellos le hacen conocer el mandato o consigna proclamado por los gobernantes indígenas al momento de la destrucción de México-Tenochtitlán. Conservado por los “guardianes” de la tradición, el mandato profetizaba la restauración de la cultura del Anáhuac. A partir de ese momento, Nieva se convierte al indianismo y en 1957 funda el Movimiento Mexicanista o Metzikayo Ahkomanalli (que se convertirá en Movimiento Confederado Restaurador en 1959).

Nieva trabajará una gran parte de su vida en el gobierno de la ciudad de México, donde aprovechará sus relaciones con los políticos del régimen. Así es como logrará nombrar en 1960 a Miguel Alemán y a Emilio Portes Gil, ex-presidentes del país, como miembros honoríficos del Movimiento Confederado. A partir de 1965 Nieva politiza su discurso y radicaliza su posición contra el gobierno, organizando un Partido de la Mexicanidad que sin embargo no tendrá ningún impacto electoral. Nieva muere repentinamente en 1968 y sus partidarios se dispersan, fundando muchas de las organizaciones mexicanistas que existen en nuestros días.

Gracias a Nieva, la doctrina del mexicanismo se constituye alrededor de ciertos postulados y acciones, compartidas por diversos agrupamientos actuales: el rechazo al mestizaje cultural y la necesidad de despertar la pureza de la raza y de la identidad india, la superación del complejo de inferioridad respecto a los países occidentales, el llamado a organizarse en Calpullis, agrupamientos comunitarios de origen prehispánico, o el estudio y la difusión del Nahuatl como lengua nacional.

Nieva promovió la práctica de diversos rituales en su organización: ritos conmemorativos de eventos históricos, ritos de bautizo, de matrimonio, funerarios. Uno de los más populares es el Apaz Eiliztli o “siembra de nombre”, un verdadero ritual de conversión que consiste en la adopción de un nuevo nombre de origen nahua, atribuido según el calendario o tonalamatl azteca, utilizado para conocer el destino de un individuo. A través del órgano de difusión del movimiento restaurador, llamado “Izcalotl”, Nieva promovió un discurso y una interpretación muy particular del pasado prehispánico, idealizada y llena de inexactitudes aunque muy extendida entre sus simpatizantes, que concibe a los olmecas, mayas, teotihuacanos y toltecas como culturas de filiación nahua-mexica y que considera a la azteca-mexica como una civilización surgida hace tres mil años. A fin de demostrar la superioridad de la civilización Nahuatl, se recurre a una suerte de hiperdifusionismo cultural invertido. Se afirma que los mayas, por ejemplo, atravesaron el océano Atlántico y llegaron a Egipto en épocas lejanas, contribuyendo al desarrollo de esta civilización, y dando origen a la leyenda de la Atlántida, cuyos logros culturales sobrevivieron en el recuerdo hasta en la Grecia de Solón y Platón. Asimismo, se afirma que la influencia de la cultura nahua se extendió hasta la India, donde ha sido preservada por los sabios nagas hasta nuestros días.

Actualmente, las organizaciones mexicanistas herederas del legado de Nieva, a pesar de compartir una base ideológica común, se distinguen por el énfasis que cada una otorga a determinados temas, ofreciendo a sus seguidores una cosmología específica. Así, algunos grupos elaboran su doctrina en torno a la figura de Cuauhtémoc, de Moctezuma, del dios Quetzalcóatl o de Tezcatlipoca, u organizan su actividad alrededor de ciertos ritos, ceremonias o eventos. En cada caso, la personalidad del jefe de un grupo es determinante en la orientación ideológica del mismo y en la forma que tome su “versión” del mexicanismo.

El corpus profético.

El mensaje profético es un tema recurrente al seno del mexicanismo. Nieva pretendía obedecer a la consigna que había proclamado el Consejo Supremo del Anáhuac a través del último gobernante azteca, Cuauhtémoc, el 12 de agosto de 1521, y que los llamados « guardianes de la tradición » le habrían revelado durante los años cincuenta. Desde entonces ella ha sido largamente difundida dentro de los grupos mexicanistas, hasta convertirse en una suerte de manifiesto del movimiento. La interpretación de esta consigna ha estado tradicionalmente ligada a la idea, sea del retorno de Cuauhtémoc, sea del renacimiento del mundo precortesiano.

En este sentido, un acontecimiento decisivo para el mexicanismo fue el descubrimiento de los restos de Cuauhtémoc por la profesora Eulalia Guzmán, en el pueblo de Ixcateopan, Guerrero, el año de 1949. Tales restos, considerados por muchos especialistas como falsos y manipulados, dieron origen a una polémica agitada que confronto a las instituciones oficiales, los antropólogos y arqueólogos de la época contra los partidarios de la maestra Guzmán, simpatizante de las organizaciones mexicanistas y del señor Nieva. Más allá de la autenticidad o no de estos hallazgos, sus efectos sobre el movimiento mexicanista serán decisivos, dando origen a la difusión de una serie de supuestas tradiciones orales de Ixcateopan, que explican la aparición de los restos de Cuauhtémoc. Dichas tradiciones hablan de la existencia de diez “cartas vivas” o diez generaciones de descendientes de Cuauhtémoc, y guardianes del secreto sobre el entierro de este personaje en el poblado. La señora Guzmán estaba convencida que el último guardián de esta tradición era el señor Salvador Rodríguez Juárez.

Medico originario del pueblo, este señor decidió revelar el lugar donde se encontraban los restos de Cuauhtémoc a fin de cumplir con la profecía que hablaba de su retorno. Transmitida de generación en generación, la profecía (atribuida al padre Motolinia) decía: “Cuando el rostro del señor Cuauhtémoc aparezca en un valor de cinco, el tiempo habrá llegado”. Dicha profecía se habría cumplido en 1949, año en el que una imagen de Cuauhtémoc apareció por primera vez en una moneda de cinco pesos. La aparición de los restos de Cuauhtémoc no solo marcó para los mexicanistas el inicio de la restauración de la cultura de Anáhuac sino que transformó al poblado de Ixcateopan en un verdadero santuario del movimiento.

Otras profecías importantes al seno del mexicanismo son aquellas asociadas al retorno de Quetzalcóatl, el dios y héroe cultural más importante del mundo mesoamericano, inspiradas en la concepción prehispánica del tiempo. De acuerdo al calendario azteca, existían dos grandes ciclos cósmicos que se sucedían entre sí y que ordenaban la dinámica del universo, un macrociclo diurno de 678 años, regido por Quetzalcóatl y un macrociclo nocturno de 468 años regido por Tezcatlipoca, deidad opuesta a Quetzalcóatl en un plano simbólico.

Para los mexicanistas Quetzalcoatl era no solo una deidad sino también un personaje histórico llamado Ce-acatl Topiltzin que nació en el pueblo de Amatlán, Morelos, en 843. Según ello, el macrociclo de 678 años que comenzó en 843 (fecha en la que nació Ce-acatl Topiltzin Quetzalcoatl) y termino en 1519-20 (fecha en que fue destruido el imperio mexica) fue sucedido por un macrociclo nocturno de 468 años que culmino en 1987-88.

De acuerdo a la concepción del tiempo prehispánica, han existido ya 5 eras o soles, el quinto sol siendo aquel en el que nació y fue destruida la civilización azteca. Por ello para los mexicanistas ha iniciado un nuevo ciclo, regido por Quetzalcóatl, a partir de 1987, ciclo que corresponde al nacimiento del sexto sol y al renacimiento de la grandeza nahua o mexica.

La Virgen de Guadalupe ha sido también interpretada como una imagen profética según las concepciones mexicanistas. Como es sabido, desde su nacimiento el culto guadalupano ha conservado un sustrato indígena original vinculado al culto a Tonantzin o Coatlicue, diosa de la tierra. Producto de un claro sincretismo religioso, la imagen de la Virgen, que representa a una mujer indígena encinta y adormilada, que está de pie sobre una luna negra en cuarto menguante que sostiene un curioso ángel infantil con alas de águila, adquiere un significado nuevo en su versión mexicanista. Para tal interpretación, la Virgen es la representación de la tierra (la madre patria) que duerme y que debe dar nacimiento a un redentor asociado a Cuauhtémoc (el ángel con alas de águila) que será quien anuncie el sexto sol.

Otra creencia profética está asociada al descubrimiento de Aztlán, la cuna mítica de los mexicas. Muchos miembros del movimiento mexicanista piensan que tal lugar se encuentra en la isla de Mexcaltitán, en el Estado de Nayarit. Mucho se ha especulado entre historiadores o arqueólogos sobre la semejanza que la traza de este pueblo tiene con la antigua ciudad-isla de Tenochtitlán. Sin embargo, ha sido la decisión política de un gobernador de este Estado la que transformo una simple coincidencia en una verdad histórica oficial. En efecto, Mexcaltitán fue declarada en 1986 como el asiento de la antigua Aztlán sin mayores fundamentos que la simpatía del Gobernador por el movimiento mexicanista y un interés comercial y turístico. Jêrome Monnet ha hecho el análisis crítico de este fenómeno, un ejemplo característico de la mitología política mexicana (Monnet, 1995). Evidentemente, muchos grupos mexicanistas han visto en esta decisión la confirmación de las profecías de restauración cultural, y las concentraciones con fines rituales en la isla han aumentado considerablemente en los últimos años, sobre todo a partir de la celebración oficial del primer encuentro de la mexicanidad en 1989.

El retorno de objetos considerados como símbolos del mundo azteca y que se encuentran en distintos países extranjeros es otro rubro asociado a las profecías de restauración. Así, la devolución del códice badiano por el Papa Juan Pablo II o la repatriación del códice Aubin que estaba en la Biblioteca de París, por ejemplo, han sido considerados por los mexicanistas como importantes signos de la restauración, y es conocido el caso de un grupo mexicanista que radica en Viena, cuyo líder Xoconochtle exige la devolución del penacho o quetzalcopilli que perteneció a Moctezuma y que se encuentra en el Museo etnográfico de esta ciudad. Según este grupo, el retorno a México del máximo símbolo del poder azteca será el signo de la inminente restauración de la grandeza civilizatoria antigua.

El nuevo mexicanismo: nativismo y esoterismo.

La represión del movimiento estudiantil de 1968 y la profunda crisis política del partido dominante en México, el PRI, a partir de 1988, son el trasfondo en el que emerge una nueva vertiente del mexicanismo que conocerá una popularidad sorprendente, contribuyendo a la masificación de las doctrinas de un movimiento hasta entonces poco visible.

Durante los años setenta aparece un libro que tendrá un gran impacto en el movimiento mexicanista, titulado “La mujer dormida debe dar a luz”, escrito por una persona cuya identidad se desconoce y que se hace llamar Ayocuan. En este trabajo, Ayocuan, estudiante de Historia en la universidad de México durante los años cincuenta, relata su iniciación en las tradiciones sagradas de México y del Tíbet gracias a la ayuda de un personaje alemán, el “coronel”.

Vinculado al nazismo durante la guerra e interesado en el esoterismo, el “coronel” había participado en un proyecto de Hitler que intentaba utilizar a su favor las técnicas de control de la energía cósmica que conocían los lamas tibetanos. Habiendo fracasado el proyecto, después de la guerra el “coronel” se dedica a los negocios y viaja a México para promover su empresa, donde conoce a Ayocuan, a quien le transmite sus conocimientos. Juntos viajan al Tíbet, donde profundizan su aprendizaje y, en el momento de la invasión china, colaboran en la fuga del Dalai Lama. Ayocuan explica que su experiencia entre los lamas tibetanos le permitió conocer la existencia de una profecía según la cual México está llamado a convertirse en uno de los lugares mas importantes en el despertar de una nueva cultura sagrada, pero curiosamente, a partir del momento en que su población rebase los 70 millones (es decir, a partir de 1982). Según Ayocuan, la profecía tibetana de « La mujer dormida debe dar a luz » reenvía al célebre volcán Iztaccíhuatl (cuyo nombre significa « mujer blanca » en Nahuatl pero que la mayor parte de los mexicanos conocen como « la mujer dormida » por la leyenda sobre su origen y por la forma que tiene el volcán). Considerado por los miembros del mexicanismo como un lugar sagrado del mundo prehispánico, la profecía de “la mujer dormida” estaría vinculada con el despertar de la cultura prehispánica, cuya esencia esta personificada por el volcán Iztaccíhuatl.

El libro de Ayocuan tendrá una gran importancia en el desarrollo de una nueva vertiente del mexicanismo, que se caracterizará por su apertura al mundo, su abierto eclecticismo y el abandono del lenguaje anti-occidental de las organizaciones mexicanistas mas “tradicionales”. Gracias a su amalgama de esoterismo europeo, orientalismo tibetano y restauracionismo indianista, el texto de Ayocuan le da un perfil cosmopolita a la doctrina mexicanista, un alcance planetario y no solo nacional a su proyecto, e inaugura una nueva etapa del movimiento que favorecerá su masificación gradual. El recurso a la tesis de un saber “oculto” que ha logrado preservarse a través de siglos gracias a una tradición de “guardianes” pero que se revelara a aquellos que participen de la “doctrina” es uno de los motivos mayores del nuevo mexicanismo, y la idea de que la participación en el movimiento mexicanista forma parte de una misión universal y trascendente pero a la vez arraigada en nuestra identidad india más profunda da cuenta de su atractivo para muchas personas así como de su capacidad movilizadora.

La más conocida organización del nuevo mexicanismo entra en escena públicamente el 2 de octubre de 1988, en la manifestación en la que las fuerzas democráticas del país conmemoraban los 20 años de la masacre del movimiento estudiantil en la plaza de Tlaltelolco, en un ambiente marcado por la coyuntura de una elección presidencial cuyos resultados eran impugnados por la oposición.

Agrupados alrededor de la figura del señor Arturo Velasco Piña, ideólogo de esta corriente del mexicanismo, un amplio contingente, vestido de blanco, una cinta roja en la frente y marchando en silencio, recordaba a “Regina” (nombre de una joven mexicana de ascendencia alemana, María Regina Teuscher, estudiante de medicina asesinada el 2 de octubre de 1968 en la plaza de Tlatelolco).

Verdadero creador de mitos, Velasco Piña (abogado como su predecesor Nieva) a convertido a esta joven en un personaje mítico y divinizado cuya saga ha sido plasmada a lo largo de varios libros que han conocido un éxito editorial sorprendente, popularizando como nunca antes las ideas del mexicanismo. Dotado de una imaginación desbordada, el señor Velasco ha logrado crear una corriente del mexicanismo que comienza a influir al interior de sus diversas organizaciones, aunque no sin conflictos. Hábilmente, ha forjado una doctrina centrada en el culto de “Regina” y en una increíble interpretación de los acontecimientos políticos de 1968 en México, vinculando a su personaje con la profecía de Ayocuan sobre “la mujer dormida”. El discurso de Velasco Piña y otros ideólogos del nuevo mexicanismo converge claramente con lo que Champion y Hervieu-Leger califican como “nebulosa esotérica”, característica del fenómeno New Age, movimiento para-religioso cuyo postulado de base es la creencia en la llegada de una nueva época regida por la espiritualidad, la Era de Acuario (Champion y Hervieu-Léger, 1990).

No por azar, Velasco hace coincidir el nacimiento de Regina con el año en que comienza la Era de Acuario (1948) y lo sitúa en un pueblo cercano a los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl (a los que define respectivamente, como receptáculos de las energías cósmicas femeninas y masculinas de México).

El argumento de Velasco Piña es simple pero eficaz : con la aprobación de sus padres, Regina es iniciada entre los lamas tibetanos exiliados en la India desde 1958 a fin de cumplir su misión, restaurar las tradiciones sagradas prehispánicas y reactivar la energía cósmica contenida en los volcanes que dará inicio a la nueva era. Regina retorna a México en 1968 y se pone en contacto con los guardianes de las tradiciones prehispánicas (olmeca, maya, zapoteca y nahua) quienes la reconocen como un ser superior, y todos juntos participan en el movimiento estudiantil que surge en ese año a fin de orientarlo en un sentido “espiritual” y mexicanista. Después de varios rituales masivos que realizan durante las diversas marchas estudiantiles (aprovechando su energía), Regina comprueba que solo se liberó la energía de uno de los volcanes, el Popocatépetl, por lo que decide autosacrificarse, junto a 400 de sus seguidores, en la plaza llamada « de las tres culturas » del barrio de Tlatelolco (antiguo santuario azteca de las divinidades femeninas).

Como se sabe, en ese lugar el ejército asesino a cientos de estudiantes durante la manifestación del 2 de octubre de 1968. Según Velasco, el autosacrificio de Regina permitió despertar al volcán Iztaccíhuatl (la mujer dormida), al país y al mundo entero a la nueva era y explica porque el culto a Regina se realiza en Tlaltelolco (el relato menciona los restos de Regina han sido enterrados por los “guardianes” de la tradición prehispánica en una cueva “secreta” cerca del volcán).

Velasco Piña ha elaborado una cosmovisión esotérica según la cual la tierra es un organismo inteligente – “Gaia”- por el que circulan las energías que vienen del cosmos y la mantienen viva a través de un conjunto de centros receptores o chakras que conforman una especie de geografía sagrada. El cuidado y la utilización sabia de estas fuerzas ha sido obra de los “guardianes” de las diferentes tradiciones y de los grandes “iniciados”, seres “ocultos” de una gran espiritualidad.

El final de la era Piscis (que duro 2000 años) y el inicio de la era de acuario ha significado un cambio en los centros receptores de energía, que se han desplazado de la cordillera de Himalaya a la de los Andes. Gracias al autosacrificio de Regina, el 2 de octubre de 1968 inicia la nueva era con el despertar del “chakra” de México y el desarrollo de la conciencia mexicanista, que jugará un rol decisivo en el nacimiento de una nueva sacralidad y en el despertar de todos los otros chakras dormidos del planeta (en Europa, en Sudamérica, el cercano oriente, etc.).

A diferencia del mexicanismo radical, el nuevo mexicanismo promueve una suerte de “modernización” y una imagen menos sectaria e integrista del movimiento mexicanista. Por ejemplo, es evidente la creación de una versión “femenina” y feminista del mexicanismo que reduce el acento puesto en símbolos masculinos como Cuauhtémoc o Quetzalcoatl al seno del mexicanismo. Así, para sus fieles Regina representa el retorno de Citlalmina, arquetipo azteca de la fuerza femenina. De hecho, el nombre de “citlalminos” es aplicado también a los “reginos”, quienes alientan una especie de feminismo místico gracias a la idealización del mundo prehispánico, al que se le atribuye la práctica de una relación armónica e igualitaria entre los sexos. Ello sin duda explica la significativa participación activa de mujeres en las agrupaciones reginistas.

El discurso de Velasco Piña se caracteriza también por la reivindicación de un pluralismo que, a diferencia del etnocentrismo aztequista de otros grupos, distingue y valora por igual la tradición nahua y las tradiciones olmeca, maya y zapoteca. Según Velasco, a cada civilización prehispánica correspondería un ethos dominante que el mexicanismo debe enseñar: el silencio -sinónimo de la mas alta espiritualidad- es el valor olmeca, la sabiduría –conocimiento de las leyes del cosmos- el valor maya, el amor -sinónimo de la contemplación y la devoción al universo-el valor zapoteca y la osadía – impulso a la acción y a la expansión- el valor nahua. Así, el nuevo mexicanismo puede dar cabida a todas los gustos individuales: la gente con inclinaciones a la meditación serán olmecas, los que prefieren la astrología o la numerología serán mayas, los interesados en las experiencias alucinógenas y chamanicas serán zapotecas y los más politizados devendrán nahuas. Por otra parte, se promueve una apertura tolerante hacia el conjunto de las tradiciones sagradas del planeta. Más allá del antioccidentalismo apasionado de muchos partidarios del movimiento mexicanista, este es considerado por Velasco como parte de un proceso mundial de desarrollo de una espiritualidad cósmica en el que convergen y dialogan todas las grandes corrientes civilizatorias.

La metamorfosis que el nuevo mexicanismo ofrece es una alternativa ideológica hábilmente elaborada y dirigida a un público muy específico, el habitante de una gran megalópolis como México. Ella recicla con ingenio la necesidad de experiencias sacras dentro de un medio urbano hostil e individualista (y por definición indiferente a la religión) con las aspiraciones
democráticas y el espíritu de tolerancia (la igualdad entre los sexos, el movimiento del 68). Ella combina las pesadillas de las buenas conciencias ecologistas con la esperanza milenarista, y la reivindicación de los desheredados con la afirmación de un nativismo indianista transclasista. Esta eficaz matriz ideológica favorece todo tipo de permutaciones y puede incluir todas las creencias imaginables y todos los cultos, traduciéndolos en clave mexicanista: la astrología, los extraterrestres, el neochamanismo estilo Carlos Castañeda, la piramidología, el espiritismo, el gnosticismo, la parapsicología, la teosofia, la masonería o las doctrinas de la Gran Fraternidad Universal.

A diferencia de las organizaciones del mexicanismo más tradicional, los neo- mexicanistas desarrollan un proselitismo que cuenta con grandes recursos económicos y que tiene una gran incidencia entre la burguesía y las clases medias. El grupo de Velasco Piña imparte costosos cursos de iniciación al mexicanismo y organiza encuentros rituales con representantes de diversas tradiciones sagradas. En 1989 los neo-mexicanistas fundan la Casa Tibet-México, la cual patrocina una Ceremonia por la Paz en la Catedral de México con la participación del Dalai Lama. Su objetivo era reactivar los flujos de energía cósmica a través del continente americano, interrumpidos a causa del Canal de Panamá.

Mencionaremos a otros dos ideólogos destacados del neo-mexicanismo, compañeros de ruta de Velasco Piña. El primero es Alberto Ruz Buenfil (hijo de un arqueólogo y mayista del mismo nombre que descubrió la célebre tumba de Palenque). En un libro en el que recapitula su trayectoria al seno del mexicanismo, Ruz Buenfil describe las actividades de su grupo, una comuna de origen hippie que existe en Huehuecóyotl, Estado de Morelos. (Huehuecóyotl se encuentra muy cerca de Tepotztlán, santuario importante de los new agers y especie de Meca del hippismo mundial). Mezclando el discurso contracultural de los años 60s (beatnicks, psicodelia, ecologismo, vida alternativa) con la ideología mexicanista, Buenfil promueve la creación de lo que llama el “Puente de Wirikuta” y habla del regreso de los “guerreros del arcoíris” que aparecen en ciertos mitos que según Buenfil se encuentran en todo el mundo.

Las profecías del mexicanismo y la restauración de la cultura prehispánica formarían parte de la construcción del pueblo del arcoíris, arquetipo New Age que representa la fusión armónica de todas las tradiciones sagradas. El grupo de Buenfil, integrado por gentes de diversas nacionalidades (muchos norteamericanos y europeos), organiza happenings y rituales en los que se mezclan indiscriminadamente todo tipo de elementos culturales (asiáticos, africanos, americanos) aunque su lenguaje es predominantemente indianista.

Otro conocido ideólogo neomexicanista es el norteamericano de origen hispano José Argüelles, quien en su libro “El factor Maya”, analizando la concepción del tiempo en la astronomía maya, llega a la conclusión de que los mayas eran extraterrestres venidos del centro de nuestra galaxia, que nos heredaron unos conocimientos que solo pueden ser comprendidos como un mensaje cifrado. Argüelles sostiene que los mayas eran viajeros intergalácticos que pertenecen a una “supercivilización” que esta por regresar a nuestro planeta. Deduce que de acuerdo a los ciclos temporales de los mayas, está por comenzar un nuevo ciclo cósmico que representará la última etapa de la evolución del hombre y que se deben crear las condiciones para entrar en contacto con las inteligencias superiores galácticas. La deriva extraterrestre del discurso de Argüelles no le a impedido organizar una “Convergencia Armónica” en 1987, que reunió a miles de gentes en los principales sitios arqueológicos del país para formar cadenas energéticas.

Los neo-mexicanistas son conocidos también por sus rituales de purificación de las rutas sagradas. La limpieza de los caminos que pertenecen a la geografía sagrada del planeta es una de sus actividades centrales, tanto en México como en el mundo. En España, por ejemplo, se realizó en Santiago de Compostela un acto de purificación que reunió a grupos concheros y neomexicanistas con organizaciones New Age, con el objetivo de “limpiar” el chakra europeo. En México estas acciones revisten un carácter muchas veces conflictivo. Es común ver tanto a los neo mexicanistas como a los mexicanistas radicales tomar por asalto los sitios arqueológicos prehispánicos. Las peregrinaciones a Chichen-Itzá, Palenque o Teotihuacan son motivo de masivas concentraciones que rebasan el control de las autoridades del gobierno. Pueden observarse los rituales más variados durante estas concentraciones, según el grupo y su filiación. Las tensiones y las diferencias entre los grupos seguidores del mexicanismo radical y los simpatizantes del neo-mexicanismo son evidentes y en ocasiones extremas. Para los mexicanistas tradicionales se trata de la diferencia entre una concepción de la mexicanidad “auténtica” y popular frente a otra más elitista y “esotérica”; para los neomexicanistas entre una versión radical y extremista y otra moderada y tolerante.

Nuevas identidades y sobremodernidad.

Los efectos de la sobremodernidad en el mundo son desiguales, pero sin duda inevitables, y están estrechamente vinculados a la mundialización, que puede ser vista como una extensión de la modernidad que conduce a la globalización y planetarización de los procesos históricos. Con todo, paralelamente a la dinámica globalizadora se ha generado un doble proceso. Por un lado, una creciente interpenetración y recomposición cultural que alienta toda suerte de hibridismos, mestizajes y sincretismos simbólicos, y por otro lado, la resurgencia generalizada de las identidades micro-sociales, que toman las más diversas formas: movimientos nacionalistas o regionalistas, milenarismos, integrismos y fundamentalismos religiosos, sectarismos, guetthificación, racismos.

La integración acelerada de México al cambio global y a una mundialización económica que supone el desdibujamiento de las fronteras establecidas, tanto geográficas como culturales o políticas no es ajena a las mutaciones que conoce este país, mutaciones cuyos efectos disolventes son notables.

La desestructuración de su régimen de partido único y del nacionalismo promovido por dicho régimen (cuya hegemonía ha llegado a su fin después de 70 años), la desenfrenada liberalización de su economía y la recomposición del modelo de Estado-nación dominante en México se inscriben en este contexto, así como la democratización política, la descentralización de las instituciones, la reconfiguración del campo religioso o la emergencia de una influyente sociedad civil. Por lo demás, el impacto de un conflicto regional como el levantamiento armado de los indígenas mayas, que en otra época habría pasado más o menos desapercibido, no podría entenderse sin considerar la creciente articulación entre lo local y lo global, el papel de los medias en la internacionalización de este conflicto y la importancia de los reclamos identitarios en la opinión pública.

En este marco, el movimiento mexicanista aparece como un ejemplo limite de los efectos que la sobremodernidad tiene en una sociedad desgarrada por los abismos sociales, las contradicciones económicas y los conflictos identitarios, una sociedad en la que las inercias históricas coexisten con un proceso acelerado de modernización política y cultural.

El movimiento mexicanista condensa de manera ejemplar muchos de los rasgos culturales característicos del presente sobremoderno : la invención de la tradición, la aparición de figuras inatendidas de la memoria colectiva, la reinterpretación arbitraria del pasado, la recomposición y resemantización de los símbolos identitarios (nacionales, étnicos, raciales, religiosos), la inversión de los significados, la re-combinación y la hibridación de todo tipo de tradiciones culturales y religiosas, la constitución de figuras de la alteridad inéditas, el mesianismo nacionalista, nativista o milenarista, las derivas integristas y fundamentalistas, la exacerbación de los fantasmas raciales, el hiper-ritualismo, la promoción de una religiosidad emocional, la individualización de las cosmologías, la puesta en espectáculo de la imagen estereotipada de la identidad cultural, la ficcionalización de las relaciones con la realidad.

El mexicanismo involucra a una población muy especifica cuya condición nos permite comprender la razón de ser de las tendencias ideológicas que atraviesan a este movimiento. En efecto, los integrantes de este movimiento son en su mayoría mexicanos de clase media, un sector de la sociedad especialmente afectado por las dinámicas que acarrea la sobremodernidad en el país, y cuya identidad cultural ha sido particularmente trastocada por la implosión del “nacionalismo revolucionario”, cosmología dominante durante más de medio siglo en este país. Cosmología centrada en un culto al mestizaje fundado en la admiración por lo occidental y el menosprecio por lo indígena. Se trata de personas que crecieron al seno de una cultura urbana y occidentalizada pero que pretenden escapar a sus valores, que pertenecen al mundo mestizo y blanco pero que no se reconocen en el más que parcialmente.

La reacción de los individuos que integran este movimiento a los efectos de aceleración y exceso sobremodernos, sin embargo, no es la misma, y ella depende de la forma en la que ellos confrontan su identidad mestiza e imaginan su relación al mundo indígena. En este sentido, las dos corrientes que hemos distinguido al seno del movimiento, el mexicanismo radical y el nuevo mexicanismo, pueden ser consideradas como la expresión de dos tipos de respuestas culturales a los efectos de la globalizacion, una respuesta integrista y otra hibridista.

El integrismo y el hibridismo son estrategias culturales que, apelando a la recreación de la versión original y autentica de una tradición cultural ancestral, o a la síntesis ecléctica, consciente y voluntaria de dicha tradición con elementos de otras culturas, pretenden hacer frente a los efectos homogeneizadores que acompañan al proceso de globalizacion. A pesar de sus diferencias formales, el integrismo al que apela el mexicanismo radical solo en apariencia se distingue del hibridismo al que recurre el neomexicanismo. El integrismo y el hibridismo mexicanistas podrían ser vistos como dos modalidades de un mismo pseudo-tradicionalismo, como dos ejemplos de la forma en que puede manifestarse la « invención de la tradición ». Al mismo tiempo, ellos reenvían a dos tipos de manifestación de una misma lógica sincrética, una lógica que no es otra que la que caracteriza a la “pensée metisse” (Gruzinski, 1999). El discurso de la mexicanidad radical sería un ejemplo de lo que podríamos llamar un sincretismo espontaneo y no consciente, en tanto que el de la nueva mexicanidad seria el ejemplo de un sincretismo reflexivo y consciente.

En cualquier caso, puede afirmarse que lo que explica la popularización del neo-tradicionalismo mexicanista no es la crisis, el fin de la modernidad o la condición postmoderna sino el exceso y la radicalización de la misma. Por ello el « retorno » a la tradición es menos una vuelta al pasado que una interpretación del presente, un mecanismo adaptativo que puede manifestarse de diferentes formas, pero que tiene por función absorber el choque que engendra el proceso de sobremodernización, otorgándole un sentido y una orientación.

Una prueba de esta afirmación es el hecho de que el carácter que revisten las creencias o las experiencias rituales al seno de este « retorno a la tradición » no podría comprenderse sin considerar el impacto que la sobremodernidad tiene en el campo religioso. Como ha sido señalado por una especialista en el tema, la modernidad radical ha supuesto menos la secularización total y la desaparición de la religión en las sociedades que la desregulación institucional de las creencias. No es la indiferencia hacia el creer lo que caracteriza a las sociedades actuales sino el hecho de que la creencia escapa al control de las iglesias y las instituciones religiosas (Hervieu-Léger, 1999: 29-61).

La tendencia general de la modernidad religiosa se caracteriza por un doble fenómeno que explica el fin de las instituciones religiosas. Por un lado la individualización y la subjetivación de las creencias, el bricolaje de las creencias según el gusto y la conveniencia de los sujetos ; por el otro, la proliferación de los grupos primarios religiosos (sectas, corrientes, movimientos), comunidades afectivas fundadas en las afinidades sociales, culturales y espirituales de sus miembros. Acompañando este proceso, la emoción religiosa, que ocupa un lugar central en la práctica de la creencia en el mundo contemporáneo, aparece como el signo más revelador del ocaso y no del resurgimiento de la religión y de las instituciones religiosas.

A pesar de la innegable influencia institucional que sigue teniendo en México la iglesia católica, las tendencias antes señaladas existen en la sociedad mexicana y se encuentran presentes en el ámbito religioso nacional (de hecho la aparición del movimiento de la mexicanidad podría ser visto como uno de los signos de la declinación de la institución religiosa en México).

Al seno del movimiento mexicanista, todos los rasgos enumerados (la proliferación de cosmologías individualizadas, el bricolaje de las creencias, la formación de comunidades emocionales basadas en el liderazgo carismático o la práctica de una religiosidad con una intensa carga afectiva) no solo están presentes en la dinámica de los grupos que integran este movimiento, sino que la individualización, la subjetivación y el bricolaje de las creencias son los elementos que subyacen en la lógica sincrética que opera detrás de las distintas formas que asume la invención de la tradición entre los mexicanistas.

En último término, todos estos rasgos del universo mexicanista reenvían a uno de los efectos mayores de la sobremodernidad en nuestro tiempo, a saber la ficcionalización del imaginario colectivo e individual. En efecto, la impresión de que, al margen de sus distintas forma de manifestación, las ideas de los mexicanistas sobre el mundo prehispánico son irreales, o que la tradición autóctona recreada por ellos no tiene nada de autentica y por el contrario es una tradición arbitraria o estereotipada, en gran parte inventada en función del sentido común o el gusto de cada grupo o individuo, más allá de que pueda ser una impresión justificada, es significativa porque reenvía a un fenómeno generalizado en nuestros días, a saber un imaginario colectivo cuya dimensión ficcional es notable.

El imperio de las imágenes de los medias ha contribuido sin duda a la unificación del espacio y el tiempo planetario, pero sobretodo ha supuesto el predominio de una relación virtual a la realidad y una ficcionalización creciente del imaginario colectivo e individual. De la misma manera que el exceso sobremoderno de acontecimientos ha engendrado una pérdida del sentido histórico (perdida que entre los mexicanistas el profetismo y la imaginación milenarista pretende obturar), el exceso de referentes espaciales ha generado la simultaneidad de todos los universos culturales en un mundo sin exterior y sin exotismo, la proliferación de imágenes simplificadoras de tales universos, y en consecuencia, el empobrecimiento creciente de la relación a los otros y a si mismo.

La sustitución de las mediaciones por los medias ha favorecido una pérdida de sentido de las relaciones a los otros y un déficit en las relaciones entre la identidad y la alteridad, un debilitamiento de la lógica simbólica que hace posibles y efectivas las relaciones entre los unos y los otros. « C’est à un affaiblessement de ce genre que nous assistons lorsque les situations de contact culturel, de colonisation ou de modernisation ébranlent les structures internes des cosmologies ou lorsque, plus près de nous, les corps intermédiaires dont Durkheim déplorait déjà l’amoindrissement, ne parviennent plus à créer des relations significatives entre les uns et les autres, tous phénomènes qui ont des retentissements aussi bien psychologiques que sociologiques » (Augé, 1994: 53).

El predominio creciente de una relación ficcional a lo real y a los otros ha supuesto no solo el debilitamiento de la lógica simbólica sino el predominio de una lógica del estereotipo que esperceptible en todos los fenómenos, sin duda de alcance planetario, asociados al consumo de imágenes (el turismo, la publicidad, el cine, la tv) pero cuyo influjo es perceptible también en los más diversos movimientos culturales, políticos o religiosos. El movimiento de la mexicanidad no solo no escapa a este impulso a la ficcionalización generalizada, a este régimen de la ilusión radical que permea nuestra vida cotidiana, él es uno de sus más destacados ejemplos.

La producción de estereotipos toma las más diversas expresiones en el imaginario mexicanista. Ella es perceptible en la forma en la que los mexicanistas conciben a los indios del mundo prehispánico, en la invención de la tradición autóctona y de los santuarios en los que ella se practica, en la escenificación de la acción ritual y de la imagen de si mismo, en la creación de mitos literarios. En todos los casos la ficcionalización condiciona la forma en la que es elaborada la relación al otro (pasado o presente) y a si mismo.

En cualquier caso, el imaginario mexicanista solo en apariencia es absurdo o irreal si pensamos que el ejemplifica un tipo de sistema de creencias y representaciones bastante corriente en nuestros tiempos, producto de las mutaciones que la sobremodernidad ha provocado en el régimen simbólico dominante y cuyo impacto desestructurante entre los individuos es el principal motor del « impulso » a la ficcionalización.

Un sistema de creencias que por lo demás, en un mundo en el que la relatividad de cualquier discurso deviene una certeza adquirida, podría ser considerado como un discurso « valido y respetable ». Terminaremos este trabajo con una cita que resume bien la razón del interés antropológico que puede suscitar el mundo de la mexicanidad: « à l’heure des médias et de la mort de l’exotisme, il se produit un court-circuit qui confronte directement chaque individualité à l’image du monde : la difficile symbolisation des rapports entre hommes suscite une multiplication et une individualisation des cosmologies, qui constituent par elles mêmes, aux yeux de l’anthropologie, un objet d’études démultiplié, fascinant, paradoxal et inédit » (Augé, 1994: 188).

BIBLIOGRAFÍA

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Balandier, Georges. 1994 Le Dedale. Pour En Finir Avec le Xxe Siecle. París. Fayard.

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Gruzinski, Serge. 1999 La Pensée Métisse. París. Fayard.

Hervieu-Léger, Danielle. 1999 Le Pelerin et le Converti. París. Flammarion

Monnet, Jêrome. 1995 “Mezcaltitlan, territoire de l’identité mexicaine.La creation d’un mythe d’origine” en Claval,P (ed). Etnogeógraphies.París. L’Harmattan.

Odena Güemes, Lina. 1984 Movimiento Confederado Restaurador de la Cultura de Anahuac. México. Cuadernos de La Casa Chata 97.

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